domingo, 4 de agosto de 2019



Hace sesenta años llegó la carretera a Garafía, y quien mejor la mantuvo fue Aurelio Pérez


Celestino Celso H. Sánchez

         Es un auténtico privilegio conversar tranquilamente con un señor de noventa y cinco años. Nuestro protagonista, casi me atrevería a decir que nuestro héroe, por su edad, muy bien llevada, por su esfuerzo, trabajo y dedicación, y su amabilidad al atendernos y contárnoslo es Aurelio Pérez y Pérez. Hasta somos familia, me indica en algún momento, de la gente de Cueva de Agua, cuna de mi madre Ignacia Teodomira y de mis abuelos Antonio y Angelina, un barrio próximo a donde nos encontramos ahora, Santo Domingo, cabecera de la Villa de Garafía.
         En algunas ocasiones anteriores ya había tenido oportunidad de encontrarme y conversar con Aurelio, incluso había mostrado la idea de tomar algunas notas, de cara a volcarlas luego en algún tipo de escrito, que recogiera algo de su interesante historia. Han querido las circunstancias que este verano de 2019 nos volviéramos a encontrar y compartir mesa, tomar algo juntos, él su café, o cortado, y yo una cerveza o un vino, y conversar, mientras tomo apuntes de lo que me va contando.

Puente de madera del Barranco de Carmona

      Y ha sido muy oportuno que haya tenido lugar ahora, y sea en este momento cuando yo elabore el presente escrito, pues ha venido a suceder que nos encontramos a las puertas del sesenta aniversario (60º) de la llegada de la carretera hasta Santo Domingo de Garafía, y que se pudiera ya comunicar, con un vehículo a motor, desde este municipio hasta la capital de la isla, Santa Cruz de La Palma. Ese hecho, mejor ese acontecimiento, tuvo lugar en el otoño del año 1959, el día 29 de noviembre. Ya para entonces, nuestro interlocutor, Aurelio, se encontraba trabajando, precisamente, en el cuidado de la carretera, como Peón Caminero. Testigo fiel de aquella legendaria carretera de tierra sigue siendo Aurelio y alguno de sus testimonios más destacados, como los puentes de madera, que aún se mantiene en pie firme, sobre el barranco de Carmona, al que custodian los barrancos Capitán y del Río, y sobre el barranco de Los Hombres. Bien merecieran estos dos singulares puentes su reconocimiento, con alguna placa que indicara su año y los autores de su construcción. Esa iniciativa ya la tuvo Víctor Pérez, a quien conocí en Roque del Faro, también en este verano y fruto de otra casualidad. El me confirmó, y del mismo modo Francisco, que se encarga de los fogones en el restaurante Reyes, que el padre de Víctor, Esteban Pérez Pérez, a quien aquí conocían todos como Estebita el carpitero, fue uno de los autores del puente de Carmona, junto con otros garafianos de gran saber innato, como Liborio. La planificación y dirección de la construcción, por su parte, del puente del barranco de Los Hombres, estuvo a cargo de Vicente Hermógenes Rodríguez Hernández, de El Tablado, según nos asegura José Hermógenes, por indicación, a su vez, de la hija de Vicente.
      Aurelio Pérez Pérez nació en la Villa de Garafía el año 1924. Su trabajo de peón caminero lo comenzó en el año 1955, como podemos ver en una fecha anterior a que se inaugurara la carretera. Cuando acudía a las oficinas del Cabildo, en Santa Cruz de La Palma, nos dice que él lo hacía en las que aún estaban en la Acera Ancha. Y lo hizo antes de que se inaugurara la carretera con Santa Cruz de La Palma, porque sí que existía una carretera en Garafía, antes del año 1959, aunque este municipio no estuviese comunicado con el resto de la isla. Aurelio nos lo aclara.
      Siendo aún un niño es capaz hoy, a sus noventa y cinco años, de recuperar recuerdos de los tiempos de la Monarquía de Alfonso XIII, tiempos en los que nos indica que se realizó la carretera desde Santo Domingo hasta la zona alta del municipio, el barrio de Llano del Negro, ya en el monte. Recuerda incluso haber visto a mujeres trabajando en la carretera, llevando espuertas de tierra a la cabeza, para mejorar la economía de sus casas. Y también recuerda haber visto en funcionamiento el cilindro de cemento, tirado por bueyes, que sospechamos habría de ser el que más tarde permaneció muchos años, casi como un símbolo varado, a la entrada del pueblo, y que varios de nosotros, en edades jóvenes, llegamos a utilizar a modo de jinetes, como el mejor caballo imaginado.


Entrada a Llano Negro, o del Negro, con el último Molino en activo de la isla de La Palma, al fondo


      La primera guagua, nos sigue indicando Aurelio, llegó a Garafía por mar, desarmada, siendo ensamblada aquí, en esta villa, para realizar el trayecto de carretera que hubo primero, como ya indicamos, de Santo Domingo a Llano Negro, y poco a poco adentrándose en el monte, hasta Roque del Faro, encontrándose algo más adelante con una primera gran dificultad orográfica, que salvar, el barranco de los Hombres. Tales fueron los descomunales precipicios, a los que debían hacer frente, que, hasta que la carretera unió a Garafía con el resto de la isla, en el año 1959, en estos inmensos barrancos de Franceses y Gallegos la gente ponía pie a tierra y pasaba caminando, mientras las mercancías lo hacían a través de un cable, suspendido sobre el inmenso vacío, entre Gallegos y Barlovento. Tal debía ser la impresión, que producía este paso de mercancías, que había gente que, por riesgo de perder un objeto preciado, incluso aunque fuera de gran peso, como una máquina de coser, prefería cargarla por tierra, antes de exponerse a la duda de que se fuese al vacío. Hecho éste, de la máquina de coser, que nos fue contado por Ercelia, que además nos añade que aún conserva tanto la máquina de coser, como su máquina de escribir. El temor era más que justificado, más aún si se le añadían ciertos componentes de creencias, como que se producían visiones, según nos asegura Martín, al que todos conocen como Martín Cano, que nos aporta también algunas indicaciones.

Barraco de los Hombres, donde se mantiene el otro puente de madera. Cumbre, con el Astrofísico, arriba al fondo

      Para que el primer vehículo a motor se pusiera en marcha hubo la suerte de contar con un excelente mecánico, que a la postre vendría a hacer de conductor, uno de los más legendarios, Soto, quien trabajaba para los Cutillas, en Los Llanos. Dice Aurelio que aún recuerda el rebumbio que se armó, en el garaje que había frente al antiguo edificio del Ayuntamiento de Garafía, para presenciar cuando se arrancó la guagua y se puso por primera vez en marcha. Sobre estas cuestiones, Martín añade, cuando le hablo del asunto, que Soto trajo una camionetita, que la utilizaba hasta Vaqueros, por arriba del Mocolón, para bajar varas y carbón de los pinos.
         Quiso el destino, siempre caprichoso, que esa primera guagua acabara en el fondo de un barranco, el de la Luz, en la trasera de Santo Domingo, junto al chorro de abasto público de agua. Ese era el lugar en el que Soto solía dejar aparcada la guagua, una vez había acabado su dura jornada de conductor. Y en uno de esos descansos, del histórico vehículo, una cuadrilla de muchachos garafianos tomó la decisión de escenificar todo el ambiente, que a diario se daba en el interior de la guagua, aún estando parada, como en ese momento lo estaba. Uno decidió hacer de conductor, otro de cobrador y otros se conformaron en hacer de pasajeros. Tan animados se encontraban y tan ensimismados en sus papeles, que representaban como reales, que, en una de estas, y cuando la mayoría del pasaje, por suerte, ya se había bajado, la guagua decidió elegir también su propio y último destino. Gracias a la providencia, poco antes de que el vehículo comenzara a deslizarse hacia su fatídico final, ladera abajo, conductor y cobrador pudieron salir indemnes. Así quedaría para la historia de este pueblo la pérdida de la histórica guagua, al tiempo que el milagro de que ni uno solo, de sus intrépidos e improvisados ocupantes, sufriera daño alguno, más que el tremendo susto, eso sí, el de Soto el mayor de ellos, cuando la noticia se regó por el pueblo, como un relámpago.

Chorro de abasto público de agua, en Santo Domingo de Garafía, junto al Barranco de la Luz

      En su recorrido habitual, la guagua partía de Santo Domingo a las seis de la mañana, con las luces encendidas, cuando aún el día no había despertado, ni tan siquiera buena parte de su pasaje, principalmente los más pequeños, quienes, a duras penas, y con el esfuerzo de sus madres y padres, acababan subiéndose a la guagua. Serpenteando, buena parte de su trayecto, una carretera de tierra, en ocasiones incluso una pista, particularmente cuando atravesaba las inacabables vueltas de Gallegos, la guagua llegaba a su destino, Santa Cruz de La Palma, a las once de la mañana. Habían transcurrido cinco horas, incluyendo, bien es cierto, varias paradas y descansos, pues de lo contrario es muy probable que no todo el pasaje llegara entero a su destino, o no en las condiciones sanas adecuadas. El conductor, Soto, Jubencio y otros históricos y auténticos héroes, disponían de apenas tres horas, en la ciudad, capital de la isla, para hacer sus vueltas, encargos, mandados, recogidas, e incluso almorzar, pues a las dos de la tarde volvían a encender el motor, para hacer el recorrido de vuelta. De nuevo, otras cinco horas de trayecto, para llegar a Santo Domingo a las siete, ya atardeciendo, incluso anochecido en los meses de invierno.
         Si de heroico podemos considerar el trabajo que realizaban los conductores, de aquellas guaguas de los años cincuenta y aún alguna década posterior, no menos dejan de serlo las labores de quienes se encargaban del cuidado de las carreteras, por las que aquellas guaguas hacían su recorrido un día tras otro. Y es aquí en donde volvemos a encontrarnos con nuestra protagonista, Aurelio Pérez Pérez.
         La jornada de Aurelio, como peón caminero, comenzaba a la par que la del recorrido de la guagua, pues a fin de cuentas era en ella en la que subía, a las seis de la madrugada, hasta Llano del Negro, lugar de distribución de tareas. Hacia el norte le correspondía a Aurelio, que contó con el apoyo de Nardo, y luego también Felipe. Y hacia el sur, en la pista que iba por Briesta, le correspondía a Jibrón, que además vivía en Catela, tierra natal también del gran verseador Severiano Martín Cruz, Severo. Jibrón esperaba en la venta de Ibraím, en donde aprovechaba para calentar las frías mañanas de Llano Negro. Y en Mocolón partía cada uno para su zona. Aurelio recuerda perfectamente cuál era su jornal, veinte pesetas al día, y también recuerda con presteza que se trabajaba incluso los sábados.

Casa y negocio de Manuel Colines y Petra la Tijarafera, junto a la antigua carretera, a la salida de la cuesta del Mocolón

      Como quiera que el jornal, aun siendo una suerte el contar con él, no daba lo suficiente, Aurelio aprovechaba su único día de descanso de la carretera, los domingos, para subir a la montaña de Vaqueros a coger comida para las cabras, y así completar el sueldo. Labores éstas que compartía incluso en los días de trabajo, para coger monte, que luego picaba, ya anochecido, a la luz incluso de un farol carretero, para hacer cisco, que luego vendía al Bejiga, de Los Sauces. Llegó a subir también a Los Lisianes, para coger arena, que luego vendía. Esas tareas no le cogían de extraño, pues de chico ya tuvo que lidiar con ellas, entonces para ayudar al sustento de la familia. Recuerda sembrar papas al hoyo, modalidad que nos indica se le llamaba así por su siembra en lugares de terreno pendiente. Nos comenta un caso, en concreto, de ese tipo de siembra de papas, frente a donde llaman el Río, por detrás de San Antonio, mirando al norte, y nos asegura que allí pasó uno de sus peores momentos, pues la brisa que entraba era tan fría, que se fue quedando congelado. Un peligro de similar calibre al que llegó a tener de chico, época de la que se acuerda ir a Buracas, en la costa de Garafía, a coger pardelas, para completar la alimentación, jugándose literalmente la vida en aquellos riscos.
         Con todo, en donde Aurelio mostró su verdadero oficio fue como Peón Caminero, de la carretera del norte de Garafía. Y así lo corroboró un técnico de vías, cuando tuvo oportunidad de comprobar el trabajo, que realizaba nuestro protagonista. Aurelio señaló al encargado un par de acciones, que él aplicaba a su carretera: ponerle picón para evitar que la vía de tierra se enfangara, cuando llovía, y darle un poco de abombamiento, del centro hacia sus márgenes, de modo que el agua de lluvia fuera hacia las cunetas, evitando que la carretera se encharcara. Tal fue la satisfacción de aquél encargado, que llegó a asegurarle que, después de haber hecho buena parte del recorrido, cuando llegaba a la carretera que cuidaba Aurelio se sentía hasta descansar. Al preguntarle con cuánta gente contaba para hacer todo aquél trabajo, y nuestro protagonista responderle que lo hacía él solo, no pudo más que ponerle otro peón a su cargo, nombrándole Jefe de Nardo. Los conductores también le mostraban su agrado, pues la conducción de aquellos vehículos, de los cincuenta y sesenta, requería de fuertes brazos para girar el volante, y si el firme de la carretera ayudaba hacía más llevadero el esfuerzo de los brazos.
         Entretanto, los años fueron pasando, y llegó incluso la democracia, que Aurelio también recuerda y en concreto al que fue su primer Presidente, Adolfo Suárez, porque entonces, para él en particular, llegó al fin el merecido reconocimiento a su condición y su sueldo. Fue llamado por el Cabildo, para que acudiera a Santa Cruz de La Palma, sin que él supiera exactamente el motivo, y más bien pensando que pudiera haber alguna queja. Al contrario, el motivo de su llamada era para hacerle un homenaje, en el momento de su jubilación, el año 1989, al cumplir los sesenta y cinco años y tras haber prestado treinta y cuatro años de servicio, como peón caminero. A él le ocasionaba aquello hasta cierta vergüenza, pues en realidad consideraba que él lo que había hecho era su trabajo.

Roque del Faro, con el tradicional Bar Restaurante Reyes, a la derecha, y el pinar y cumbre, con el Astrofísico, al fondo

         En el cierre de nuestro entrañable e inolvidable encuentro, y como inmejorable colofón, Aurelio nos hace un estupendo regalo, recitándonos, con buen y firme tono, sesenta versos, tantos como los que dan forma a seis décimas, que tienen que ver con el tema de la carretera de Garafía y con varios de sus protagonistas. Para quienes no tenemos conocimiento preciso de aquellos tiempos y sus personajes, Aurelio nos hace algunas precisiones sobre personas y lugares: Macario era un encargado, vigilante de la carretera del norte, al que el Cabildo decidió dedicar a tal tarea, con la ligera esperanza de que pudiera desempeñarse con mayor dedicación, que la que mostraba en la ciudad. Jubencio fue uno de aquellos históricos conductores de la guagua. Felipe se unió a las labores del cuidado de la carretera, como peón caminero, para sumarse como ayudante de Aurelio, del mismo modo que Jibrón, que a su vez se encargaba del cuidado de la pista forestal, que partía de Llano Negro y pasaba por Briesta, en dirección sur. Ibrahim era el dueño de un negocio, en Llano Negro, en el que uno podía surtirse de algún producto, como también de aliviar las penas y el cansancio, echando algún traguito. Por lo que se refiere a los lugares, que se nombran en los versos: la Sacristía y el Quitapenas, nos indica Aurelio, eran dos negocios, de mucha enjundia en aquella época, en los que degustar varios líquidos alcohólicos. Santa Lucía es un barrio del municipio de Puntallana, el primero que se encuentra superadas las interminables vueltas de San Juanito. Carmona, Machín, Capitán y Mocolón son distintas localizaciones de los montes y barrancos de Garafía, sumergidos en pleno monte y de cita casi legendaria, sobre todo por los esforzados trabajos que realizaban grupos de hombres, plantados en plena naturaleza desde madrugada, y que tras reponer energías, sobre todo con el imprescindible aguardiente, tierra, como se le dice por aquellos lugares, partían desde Llano Negro, La Mata y sobre todo Roque del Faro, para trabajar en la carretera, para aserrar pinos y preparar madera o carbón, y también para cortar varas. Productos que luego se enviaban por falúas, desde los distintos y pequeños puertos o embarcaderos garafianos –Santo Domingo, Puerto viejo de El Mundo, la Manga, la Fajana de Franceses, e incluso El Callejoncito y Lomada grande-, con destino a Gran Canaria.
         Se dejó algo Aurelio en el tintero, o no se acordó en nuestra conversación, que sin embargo enlaza con su faceta poética. Lo supimos, al comentar a Nieves Cabrera y Jaime, que estábamos trabajando sobre un encuentro con Aurelio. Ella nos añadió su faceta también de músico, y de los buenos, tocando el laúd, aprendido por sí mismo y de oídas. Nos lo confirmaría, con posterioridad, el propio Aurelio, añadiéndonos que el primero que adquirió le costó diez pesetas, y que no se encontraba precisamente en buen estado. Aun así, él supo sacarle partido y hacerlo sonar adecuadamente. Dos de sus hermanos, que hicieron el cuartel en la Breña y en Argual, uno de ellos estuvo incluso en la Guerra, salieron también buenos de oído, de modo que llegaron a formar un grupito, que tocaba en fiestas locales, en Santo Domingo, en el Bar de Leonardo, o incluso en casa Perejil, como también en Cueva de Agua, o incluso en Franceses. En alguna ocasión, la cosa llegó a terminar más animada de lo debido, como ocurrió en casa Joseana, en Llano del Negro, en donde prácticamente todo el mundo acabó en pelea. Aún hoy, sigue pensando que no fue por la música y la animación, sino por algo que le echaban al vino, y así lo cree también Mauro, presente cuando esto se comenta.
         Sospechando, finalmente, sobre quién podría ser el autor de los versos, y no habiéndolo dicho él, nuestro impulso nos llevó a preguntarle, confesándonos que, en efecto, dicen que él era el autor o verseador, de las poesías, que acababa de recitar y nosotros tuvimos la fortuna de grabarle, transcribir y ahora ofrecerla en el cierre de este trabajo.


Cuando Macario ejercía
la vigilancia del norte,
en unión de su consorte
puso rumbo a Garafía.
Parten de la Sacristía
al santuario Quitapenas,
en apasionada escena
cuál de una esposa y marido,
auténtico cuadro en vivo
de Jacinto y Magdalena

Era una noche serena,
aunque nubosa y sombría,
una madrugada fría,
la cumbre estaba nevada.
Y un autobús que arrullaba
viajeros que adormecía,
llegando a Santa Lucía
se interrumpió aquél silencio,
cuando comenzó Jubencio
a leer la orden del día.

Felipe que vaya un día
a la cuesta de Carmona,
continuando en esa zona,
después de bajar Machin.
Jibrón tiene que cumplir,
por arresto al disertar,
dedicado a desmochar
por lo menos treinta días.
Que él pierde aún más todavía
cada mes yendo a cobrar.

Ya las once iban a dar,
pasaron por Mocolón,
preguntaron por Jibrón,
que no estaba en Capitán.
Pues si sigue en este plan
va a vivir de vacilón.
Nardo, al ver el mogollón,
esquivó así la estocada
diciendo, yo no sé nada.
Pero, según sus razones,

se fue a ver unos lechones
abajo a Las Cabezadas.
Macario dio una patada,
de esas de conejo macho.
Quien va a su hacienda borracho
pronto la ve abandonada.
Cada día nueva jugada,
sin vergüenza ni reparo.
Se necesita descaro
y carecer de pudor

para quitarme el humor,
que traía del Roque el Faro.
Rezongando, continuaron,
con gestos de retintín,
sin con quien pelear.
Y al fin,
encontraron al fulano
echando el ron,
mano a mano,
con la mujer de Ibrahim.